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6 de octubre de 2009

Lo que no decimos

Hace no demasiado una persona entendida en el tema me contó que el 60% del acto comunicativo se basa en la comunicación no verbal. Es curioso que justamente la mayor parte del significado no se transmita por las palabras, a las que parece que damos tanta importancia, sino por causas ajenas a ellas.

Si, por ejemplo, estamos hablando con alguien y vemos que esa persona aparta la vista (mira al suelo o al infinito) podemos intuir que esa persona no nos está haciendo demasiado caso, ya sea porque no le importa lo que decimos o porque le estamos aburriendo. Sin embargo, si nos mira a los ojos posiblemente nos esté escuchando con atención y quiera saber más sobre el tema o le interese realmente la conversación. También puede ser (como me pasó hace no demasiado) que esa persona no nos mire a los ojos debido a algún tipo de timidez, con lo que la semántica de este gesto cambia radicalmente.

Sin embargo, no toda la información que recibimos o emitimos en el acto comunicativo es fruto de nuestra consciencia. Hay otros factores, como la información sensorial no auditiva o la de los comportamientos no conscientes que también es interesante analizar.

En el terreno de los sentidos es interesante considerar el olfato, la vista y el tacto; además del obvio sentido auditivo por el que percibimos la información verbal. Tocar a una persona indica cercanía, proximidad, mientras que en otras ocasiones es preferible guardar las distancias (de hecho, mucha gente siempre prefiere mantenerlas). Por otra parte, el sentido del olfato suele combinarse con el de la vista para captar la apariencia externa de nuestro interlocutor. Aunque no seamos conscientes, hay estudios científicos que demuestran que el olor de las personas es un factor relevante en los procesos de relación interpersonal.

Por otro lado, y como decía antes, existen otros pequeños gestos que, aunque también los captamos por los sentidos, no solemos dar cuenta consciente de ello. De hecho, ni tan siquiera el emisor de dichos gestos suele saber conscientemente que los ha realizado. Por ejemplo, el otro día vi un programa de TV3 (Televisió de Catalunya) llamado Sexes en guerra donde se analizan algunas diferencias sobre todo psicológicas entre hombres y mujeres (este test es bastante interesante). Pues bien, la emisión en concreto que vi iba sobre en qué se fijan los hombres y las mujeres a la hora de buscar pareja. El experimento que se realizó fue utilizar a cuatro chicos y cuatro chicas solteros e ir haciéndoles conocerse utilizando distintos tipos de sentidos (oído, vista, etc.), hasta que al final ya pudieron hablar cara a cara. Entre todas las cosas que se vieron y dijeron en el programa, que fueron realmente interesantes, me resultó especialmente curioso que, por ejemplo, cuando un chico y una chica se gustaban, a veces uno de ellos arqueaba una ceja y el otro, inconscientemente, hacía lo mismo. O mejor aún, la chica sacaba un poquito la lengua al hablar, como divertida (o, según algún experto, como símbolo sensual) y el chico le respondía también sacándola un poquito por un lado de la boca. Sin embargo, cuando entre el chico y la chica no había ese feeling especial estos gestos no llegaban ni tan siquiera a darse, es más, los pequeños detalles eran más bien de lo contrario: momentos de apartar la mirada hacia la pared mientras la otra persona habla, jugar con los dedos, etc.

A pesar de que nos pueda parecer extraño, lo que no decimos juega un papel muy importante sobre lo que decimos, y justamente lo primero es algo que en la mayor parte de ocasiones no podemos tan siquiera controlar. Son señales que, sin nosotros llegar a pensarlo, procesa nuestro cerebro y actúa en consecuencia. De hecho, la información recibida y transmitida de esta forma supera cuantitativamente al discurso que, eventualmente, podamos llegar a preparar.

1 de septiembre de 2009

Potencial

Trata a una persona como lo que es y seguirá siendo lo que es;
trata a una persona como lo que puede y debe llegar a ser
y acabará convirtiéndose en lo que puede y debe llegar a ser.

30 de junio de 2009

Sueños

Todos soñamos, es algo que no podemos evitar. Cuando dormimos nuestro subconsciente se apodera de nosotros y hace lo que le place con nuestra mente, llevándonos a mundos reales o extraños, bonitos u odiosos.

Una vez escuché o leí, ya no recuerdo, que la mayor parte de la gente si despierta más de 3 segundos después de haber terminado el sueño ya no lo recuerda. De hecho, ni aún así es fácil recordar un sueño, es muy posible que al intentar contárselo a alguien o, si nos ha gustado, volver a disfrutar con él, introduzcamos cosas que a nuestra voluntad le gustaría que hubieran sucedido (o no, depende del sueño) pero que nuestro subconsciente no tuvo el gusto de ponerlas ahí en la película original. El montaje del director, por así decirlo, puede llegar a diferir bastante del original.

Sin embargo, los sueños siempre han fascinado a los humanos. Un ejemplo claro es su interpretación, que ha llegado a marcar, en tiempos remotos y no tan lejanos, incluso la política y la economía de países. En este momento se me viene a la cabeza la historia de José y la interpretación del sueño del faraón, aquél de las siete vacas bien cebadas y las siete vacas flacas, que representarían siete años de prosperidad para Egipto, seguidos de otros siete de miseria.

Bueno, y luego está el soñar despierto, de lo cual me considero un gran aficionado. Intentar visualizar en nuestra mente qué queremos que nos ocurra en un futuro, divagar con las cosas buenas que esperamos vivir... En fin, a todos nos gusta montarnos historias, vivir otras historias que no son las que estamos viviendo en nuestro presente ("right now", como dirían los ingleses). En mi opinión esa podría ser una posible causa del éxito del cine, la literatura, el teatro... ¿O no? (Motivos históricos aparte: la tradición oral, mitos y demás siempre ha estado ahí).

Soñar... Algo inevitable, bonito unas veces y desagradable otras. Que tenga que ver algo con la realidad es otra historia, pero eso parece que sólo lo sabe nuestro subconsciente y la ciencia probablemente no llegue a saberlo nunca. (Por más que algunos afirmen categóricamente que los sueños no tienen nada que ver con la realidad, ¿tienen algún argumento tajante para refrendarlo? Yo soy de esa opinión, pero debo admitir que, aunque la otra me parece harto improbable, tampoco la descarto del todo).

En fin, sigamos soñando. Será un signo inequívoco de que seguimos vivos.